lunes, 12 de noviembre de 2012

Guadalkibear 2012: crónica de un osito


La décimocuarta edición de la guadalkibear tocó a su fin un año más. Serpentinas multicolor inundaron el cielo sevillano y después de bostezar por enésima vez, volví a mi tierra confundido: ¿había estado en Sevilla o en Madrid? Y es que este año he abierto la boca como unas doscientas veces, y no precisamente para comerme una rosquilla (esperábais leer una polla, demasiado evidente). Me cuesta recordar alguna situación en la que el sopor no indundara mi ser.

En la sauna había menos gente que otros años, o yo fui después del almuerzo y todos los gordos ya habían tomado el postre y se fueron a sus hoteles. El caso es que al menos se tuvo la deferencia de servir un pequeño piscolabis, una cosa parecida a la sangría, que vertían en vasos de los chinos. Yo me tomé uno solo, el servicio de habitaciones no pasaba por la piscina y pasearte medio en cueros por esos pasillos es arriesgarte a coger una meningitis, y total, para tomar Don Simón con fanta del Lidl pues pasando.
Que igual por 13€ la entrada se podían haber estirado más, pero bueno, como tampoco voy a una sauna a que me sirvan Don Perignon en copas de Swarovski pues dí por bien invertido los 2€ gastados por el local en el chino de enfrente.

Lo que eché de menos este año fue la típica sesión circense que algunos osos alocados solían dar en ediciones pasadas. Nadie se tiró en plancha al agua, nadie cantó coplas y tampoco las estrellas del lugar se pasaron luciendo sus mejores y extrafalarias galas. Todo muy comedido. De hecho me quedé sorprendido y estupefacto al leer un cartel que indicaba un aforo máximo para la piscina de doce personas. Mira, otros años eso habría resultado ridículo, pero en éste más bien parecía una invitación a que la gente se saltara las reglas. Además, qué fría está siempre el agua.  Los celadores o como se llamen  vinieron a renovarla con una manguera y al rato vi a unos gorditos llenando sus vasos de sangría con cubitos que aparecieron flotando por la superficie.

En cuanto a las fiestas, la noche del sábado tocaba verbena bear en una disco super cool. Meaderos, esnifaderos, descanso y solaz general estaban disponibles en la segunda planta. Sopor en la primera. Yo llegué a tiempo de disfrutar de la misma música de siempre y del espectáculo de Las Fellini, y a los osos les encantará este tipo de actuaciones, pero tuve la sensación de que en algún momento iba a salir Risto Mejide de algún rincón del local todo encabronado y echando lagartos por la boca. También se me vino una imagen de Matías Prats y su famoso "¿Pero ésto qué es, pero ésto qué es?".


A ver, no menosprecio su trabajo, pero es que a mí un tío cantando por Marifé de Triana, vestido de mujer, barba, dos globos en las tetas y poniendo caras raras mientras hace playback pues hace tiempo que dejó de sorprenderme. De hecho cuando el daddy que al parecer lideraba el trío hacía un pequeño interludio entre actuación y actuación, era cuando llegaba la verdadera diversión. Comentarios inteligentes e irónicos y la experiencia de muchos años en los escenarios tratando con público se notaban y proporcionaron momentos hilarantes.

Pero el verdadero centro de atención se encontraba en la pista de baile, donde dos gordetes libraban una verdadera batalla por ser el osazo de la noche, que por cierto el escenario estaba puesto de tal forma que tenías que estar en primera fila para ver algo de lo que pasaba por ahí arriba. En cualquier otro lugar te limitabas a ver el careto de los artistas, y puesto que la calidad del sonido era poco menos que una mierda, a no ser que fueras un experto en leer los labios, sonreías y dabas otro sorbo a la cerveza para no parecer idiota.

Pero volvamos al meollo de la cuestión. Dos pesos pesados en una encarnizada lucha por el centro de la sala. Uno sintiéndose destronado y mirando a su rival con recelo, y aún así, con fuerzas para desplegar las artes innatas y milenarias que tantas noches de gloria le habían dado. El otro pavoneándose y henchido de éxito bailaba medio desnudo mientras un baboso le acosaba sin obtener la menor respuesta de su ídolo. Todo un ejemplo de cómo perder la dignidad arrastrándose por el suelo cual salamandra, porque si éste le hubiera pedido a su amor inmortal que le escupiera en la cara por ser tan impío y desear su cuerpo de esa manera, yo creo que aquél le hubiera contestado mirándole fíjamente a la cara y lanzándole un eructo.
Al final no sé quién ganaría, supongo que el ego de ambos, porque se hizo un corrillo a su alrededor y yo me fui a pedir una copa.


La otra gran fiesta a la que acudí al siguiente día fue la fiesta del barco. Mucha menos gente que el año pasado, la misma música machacona y grandes ausencias. La primera, los chistes de Angelita la Perversa que antaño amenizaban el inicio de la travesía, y la segunda, la grata sorpresa de que al terminar el viaje no solicitaron la ayuda de los presentes para cargar cajas de botellas vacías y dejarlas en tierra firme. Yo al menos agradecí esto último, me ahorró el mal rato de poner cara de perro y tener que decir que me dolía la espalda o era manco.

Así pues, lo más destacable de la fiesta fueron unos go-gós híper musculados que trajeron para la ocasión. A mí no me parece mal, imagino las razones que pudieron traerles al barco (¿financiación a base de publicitar algún evento en Lisboa?) pero aunque hubiese preferido osos de verdad, en plan grasa, pelo y carnes orondas, para la siguiente por favor que traigan a gente que sepa bailar.


En uno de los dos momentos más divertidos de la noche, el DJ puso la canción de Los Pajaritos, que los que tienen cierta edad conocen y saben que lleva asociados unos "pases de baile" muy sencillos. Angelita se puso a bailar la canción, al igual que medio barco, pero los go-gós estaban más perdidos que Carrie Bradshaw en un mercadillo y aunque intentaron aprender los pasos, les fue humanamente imposible llevarlos a cabo. De verdad, grotesco y entrañable ver semejante montón de músculos en tamañana descordinación. Todos nos partíamos el culo, y por fín podíamos irnos aliviados de haber invertido el dinero en algo de provecho esa noche.

El segundo momento remarcable de la velada fue cuando dejaron de poner música para que los cachas del lugar mirasen con cara de malotes mientras ponían poses de gimnasio y pasaban el dedo por su cuello si te atrevías a mirarlos, y empezamos a oir las canciones que pinchan en las bodas cuando la gente está borracha perdida y solo quiere pasárselo bien echando unas risas. Por un momento me sentí brincando y riéndome como en el Fraggel Pop de Madrid. Diez minutos sublimes. Y ahí terminó todo.


Me contaron que los días que no fui hicieron un concurso de Mr. Bears y repartieron premios, hicieron una ruta turística además de una cena de ositos. Es lo que tienen las quedadas, que te lo puedes pasar mejor o peor, te gustarán más o menos, pero lo que cuenta es la intención de ofrecer algo interesante. Y la guadalkibear lo hace cada año. Chapó en ese sentido, y hasta el año que viene.

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