miércoles, 20 de abril de 2016

Momento Vintage: La Puta Mili


Los más jóvenes y lampiños del lugar no lo saben porque no han tenido que pasar por ello. Quizás nacieran en ese glorioso año 96 en el que se abolió definitivamente y no tuvieron que lidiar con el honroso y sin par trance de velar por la patria. Y es que, pequeños imberbes y viejunos del lugar, hoy os vamos a hablar de la puta mili.
A los mozos de medio mundo se les obligaba a hacerla para defender el país con nuestra vida si hiciera falta. Además, como te vendían la moto diciendo que ibas a salir hecho un hombre, pues molaba más. Había una alta población masculina que pasaba de darlo todo por su país y optaba por limpiar culos a los viejos o hacer otro tipo de servicios sociales, pero estos no se convertían en machos como los que hacían el servicio militar. Eran objetores, una escala social inferior pero más inteligente.

El día que recibes la carta de alistamiento es muy especial. Vas a pasar una buena temporada fuera de casa, comiendo pollas y sintiéndote libre como un pájaro. Pero la realidad es que vas a estar rodeado de garrulos pajeros que basan la filosofía de su vida en el "caca, pedo, culo, pis".

Y es que aunque te alegres la vista en las duchas porque los garrulos están bien armados y su culo peludo te incita a desvirgarles y quitarle la uniceja de un plumazo, la sola idea de mirarles el pubis asilvestrado les enerva y se ponen a la defensiva, algo lógico cuando te ven la baba cayendo de la comisura de los labios.
Sin embargo su carácter primitivo no es un lastre, y si tienes suerte y te toca "imaginaria", puedes tocarte mientras los ves dormidos con sus calzoncillos blancos marcando paquetorro. Te puedes arriesgar a colocarles bien las mantas y con la tontería, hacerles una mamada, pero te puedes llevar una buena torta y el resto de la mili se puede hacer algo incómodo.
Otro momento en el que podías intentar hacer más llevadera la estancia en ese habitáculo paleto, era el rancho. O mejor dicho, la siesta que seguía a eso que en el cuartel llamaban comida, que solía ir bastante bien para esos días en que estás estreñido.
Como digo, la siesta hacía que esos tiarrones cayeran rendidos después de hinchar sus peludas barrigas y era el momento de hacerte pajas mirándoles, hasta que un pedo maloliente o un eructo estruendoso te cortaba el rollo.

Pero no todo podía ser lujuria y semen en ese santo lugar. Después de tener a los reclutas desfilando de arriba a abajo con un cetme (una especie de arma para matar a personas porque eran de los años 20 o por ahí) y tras la jura de bandera que hacía muy felices a tus padres, te convertías oficialmente en hombre y te ponían a trabajar. Literalmente.

Dependiendo del enchufe que tuvieras, te llenabas de mierda o ibas por el cuartel como un señorito. Tanto en un caso como en otro, tenías ocasión de hacer nuevas amistades y probar nuevos culos, pero tenías que guardar un poco la compostura porque te estaban pagando mil pesetas cada mes y como asalariado, no era plan de hacer el tonto y perder el jornal tan duramente ganado.

Había un momento tenso cada vez que en este periplo castrense se acercaba el fin de semana. Los empotradores heteros hacían sus cálculos para irse al prostíbulo más cercano y limpiar el sable, y los maricas del lugar hacíamos mutis por el foro inventándonos las más variadas excusas: "uff, como mi novia se entere...", "yo es que quiero llegar virgen al matrimonio..." o "Yo como no sean putas de lujo no voy". Se notaba bastante que perdíamos más aceite que la caravana de los Back Street Boys, pero con el cuartel para nosotros solos, y el osazo que te gustaba, aguantar las tonterías de los paletos se hacía más llevadero.

Qué pena que todo ello forme ya parte del pasado. Los nostálgicos lo recuerdan como un recorrido hacia la madurez donde hicieron  LOS MEJORES AMIGOS. Para otros fue una interrupción fatal en los estudios o trabajos. Y para el resto supuso confirmar que darlo todo por la patria fue la pérdida de tiempo más incoherente de sus vidas.

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